Te leo y callo. Hice y callo. Siento y callo.
Quiero hacerme un espacio para decir que si hay algo que aprendí este último año fue precisamente, a callar. Y he callado tanto que quiero hablar al respecto.
Este texto probablemente se verá como un ensayo escrito por un treceañero recién descubriendo la vida (cosa que tampoco es tan alejada de la realidad, a mis veintiuno me he encargado de preservar en algunos sentidos mi inmadurez intacta), pero hay pequeñeces que todavía me causan impresión. Mis ojos se cansan pero no se acostumbran nunca.
Creo que comenzó hace un año, después de que me vi entre dos personas con perspectivas distintas y quizás un sabor de vergüenza propia. Este pequeño conflictillo me impidió contar toda mi vida (cosa que hasta entonces era para mí algo natural). Recuerdo pequeños momentos en los que sentí que no quería hablar respecto al tema y empecé a callar. Me sentí dueño de ese recuerdo y poco a poco, empecé a valorar las personas que poseían mis experiencias en sus oidos. Comencé a sentir eventos como propios y los recuerdos tomaron un valor en sí, ya no necesitaba contarlos en voz alta para que sucedieran de nuevo. Además, tengo amigos lo suficientemente buenos y poco asertivos como para que me recuerden las estupideces que hago cuando saco el pecho más de lo necesario, siempre valoro eso.
Lo importante es que lo que al principio parecía ser silencio por vergüenza hoy en día es silencio por humildad. Es silencio por compasión. Es silencio por amistad.
Esto puede sonar a una huevada de autoayuda y hasta paradójica si pensamos que hablo de lo lindo que es callar, pero para mí representa un insight muy importante. No quiero ser tomado como ejemplo, la experiencia de callar es distinta para cada persona.
Callemos por humildad, por cariño, por diplomacia, por amistad.
Pero callémonos de vez en cuando.
domingo, 11 de marzo de 2012
sábado, 8 de octubre de 2011
jeg elsker kvinner
No quiero hacer poesía rimando palabras, no quiero prosar adornadamente hoy.
Quiero decir lisa y llanamente que me encanta.
Esa sonrisa que viene de la boca, del cuello y hasta la raíz de los senos sólo para distraerme un momento. Si hasta a veces pienso que las manos sonríen al levantar el cigarro.
Quiero decir que no hay ritmo que no se acople a esa cintura desequilibrada, un vestíbulo entre cuerpos que en su minimalismo encuentra su forma de brillar, un abdomen de porcelana en el que lo único que puedo pensar es sobre cuán suave pueden ser mis manos o mis labios sobre él.
Quiero decir que cada lunar es un párrafo en la historia del cuerpo, y que cuando se les ocurren estar entre los senos, son como esa página maldita que siempre aparece cuando quiero ojear. Cada cicatriz, cada historia: y con historia me refiero a una excusa para escuchar tu voz. Perdón, dije "TU voz"? Esto ya empieza a sonar personal. Pero de verdad me gusta estar escuchando tus ojos, mirando tus labios articular palabras.
Quiero decir que las patas de gallo, las marcas de una sonrisa sempiterna, los párpados sostenidos por las pestañas, y hasta los párpados tersos e independientes son parte del buffet visual al que me veo enfrentado cada vez que debo presentar una mirada cómplice, una retroalimentación.
Quiero hablar de la fragilidad, de la humillación de la carne cada vez que te tomo de un brazo débil, a veces huesudo. Al sentir un tórax que sólo da espacio para costillas, y que pide perdón por la falta de protección con un par de senos, orgullosos. Grandes o pequeños, no lo sé. Pero que siempre buscan un momento de gloria para imponerse.
Quiero hablar de las piernas a veces, de las corvas tímidas, de las rodillas enclenques, de unos muslos carnosos, de tobillos frágiles, de pies suaves, de nalgas rebeldes guardadas en unos pantalones déspotas.
Tengo tantas cosas que hablar más allá de las tetas grandes, del culo firme, de la cara tierna...
Pero la verdad, lo único que quiero (y de verdad deseo)es poder, sin morir en el intento, decir a quemarropa: mijita rica.
Quiero decir lisa y llanamente que me encanta.
Esa sonrisa que viene de la boca, del cuello y hasta la raíz de los senos sólo para distraerme un momento. Si hasta a veces pienso que las manos sonríen al levantar el cigarro.
Quiero decir que no hay ritmo que no se acople a esa cintura desequilibrada, un vestíbulo entre cuerpos que en su minimalismo encuentra su forma de brillar, un abdomen de porcelana en el que lo único que puedo pensar es sobre cuán suave pueden ser mis manos o mis labios sobre él.
Quiero decir que cada lunar es un párrafo en la historia del cuerpo, y que cuando se les ocurren estar entre los senos, son como esa página maldita que siempre aparece cuando quiero ojear. Cada cicatriz, cada historia: y con historia me refiero a una excusa para escuchar tu voz. Perdón, dije "TU voz"? Esto ya empieza a sonar personal. Pero de verdad me gusta estar escuchando tus ojos, mirando tus labios articular palabras.
Quiero decir que las patas de gallo, las marcas de una sonrisa sempiterna, los párpados sostenidos por las pestañas, y hasta los párpados tersos e independientes son parte del buffet visual al que me veo enfrentado cada vez que debo presentar una mirada cómplice, una retroalimentación.
Quiero hablar de la fragilidad, de la humillación de la carne cada vez que te tomo de un brazo débil, a veces huesudo. Al sentir un tórax que sólo da espacio para costillas, y que pide perdón por la falta de protección con un par de senos, orgullosos. Grandes o pequeños, no lo sé. Pero que siempre buscan un momento de gloria para imponerse.
Quiero hablar de las piernas a veces, de las corvas tímidas, de las rodillas enclenques, de unos muslos carnosos, de tobillos frágiles, de pies suaves, de nalgas rebeldes guardadas en unos pantalones déspotas.
Tengo tantas cosas que hablar más allá de las tetas grandes, del culo firme, de la cara tierna...
Pero la verdad, lo único que quiero (y de verdad deseo)es poder, sin morir en el intento, decir a quemarropa: mijita rica.
domingo, 28 de agosto de 2011
*cha cha cacha*
*cha cha cacha*, *cha cha cacha* hace el tren en su constante movimiento
siento el remezón bajo mis muslos, hacia mi espalda, mi cabeza.
Mi mirada no lo siente: está entrenada para mantener la vista fija.
Pasan los árboles, pasan los postes, pasa un tren apurado hacia el otro lado.
Los cables descienden lentamente, suben y golpean un poste. Y descienden de nuevo.
A veces, si dejo de prestar atención, veo mi propio reflejo contra el vidrio, convirtiéndome en parte del paisaje: Estoy ahí sentado, esperando el tren.
La banca fría bajo mis muslos, endereza mi espalda, mi cabeza.
Mi mirada no lo siente: está entrenada para mantener la vista fija.
Pasa un tren, ralentiza, se detiene. Entra gente, sale gente, se va el tren. Y otro, y otro.
*cha cha cacha*, *cha cha cacha*, dejo de mirar mi imagen en la ventana.
El tren me mueve, apenas siento el empujón del respaldo, pero sé que avanzo más rápido de lo que podría con mis propios pies. Porque así somos quienes vinimos a viajar.
Caminamos paso a paso, espalda derecha, a veces encorvada-
Mi mirada no lo siente: está entrenada para mantener la vista fija.
Pasan los árboles, pasan los postes, pasa un tren apurado hacia el otro lado.
Los cables bajan lentamente, suben y golpean un poste. Y descienden de nuevo.
Ya no sé cuánto tiempo llevo en este tren, moviéndome.
Tampoco sé cuánto tiempo llevo, al mismo tiempo, esperando en el andén
*cha cha cacha*, cha cha cacha*
siento el remezón bajo mis muslos, hacia mi espalda, mi cabeza.
Mi mirada no lo siente: está entrenada para mantener la vista fija.
Pasan los árboles, pasan los postes, pasa un tren apurado hacia el otro lado.
Los cables descienden lentamente, suben y golpean un poste. Y descienden de nuevo.
A veces, si dejo de prestar atención, veo mi propio reflejo contra el vidrio, convirtiéndome en parte del paisaje: Estoy ahí sentado, esperando el tren.
La banca fría bajo mis muslos, endereza mi espalda, mi cabeza.
Mi mirada no lo siente: está entrenada para mantener la vista fija.
Pasa un tren, ralentiza, se detiene. Entra gente, sale gente, se va el tren. Y otro, y otro.
*cha cha cacha*, *cha cha cacha*, dejo de mirar mi imagen en la ventana.
El tren me mueve, apenas siento el empujón del respaldo, pero sé que avanzo más rápido de lo que podría con mis propios pies. Porque así somos quienes vinimos a viajar.
Caminamos paso a paso, espalda derecha, a veces encorvada-
Mi mirada no lo siente: está entrenada para mantener la vista fija.
Pasan los árboles, pasan los postes, pasa un tren apurado hacia el otro lado.
Los cables bajan lentamente, suben y golpean un poste. Y descienden de nuevo.
Ya no sé cuánto tiempo llevo en este tren, moviéndome.
Tampoco sé cuánto tiempo llevo, al mismo tiempo, esperando en el andén
*cha cha cacha*, cha cha cacha*
miércoles, 19 de enero de 2011
Nacer
Creo qeu todos nos preguntamos por qué no recordamos cuando nacimos, o cunado la vida comenzó.
A veces, uno se sienta con un pie sobre el otro, tapando la vena-no-sé-cómo-se-llama y duerme la extremidad... uno no la siente, ni tampoco responde... pero luego de un rato, el calor llega con un ligero hormigueo, retoma el color y uno empieza a sentir un dolor, es la vida inyectándose de vuelta al pie. O cuando uno se levanta de golpe y la lipotimia llega a un punto en que es imposible escuchar, ni ver... sólo se puede sentir la sombra de lo que se tiene al frente, para ver poco a poco cómo el mundo se arma frente a los ojos, con esa sensación de pesadez, que hace sentir cómo la cabeza se hace real, junto al mundo... Y no fue un momento de ver negro, sino de realmente no ver nada, ceguera y sordera casi absoluta. Si uno alcanza a verse al espejo mientras esto ocurre, puede ver su cara, pero no reconocerla como una cara... simpemente un borrón de colores que poco a poco logran formar una figura, de la cual sólo logro reconocer mis propios ojos, y veo cómo un rostro lívido se colorea de rosado con sangre perezosa que no logró subir en una primera instancia.
Me pregunto cómo debe haberse sentido comenzar la vida, o comenzar a ver las primeras imágenes, imagino ese dolor que se siente cuando la sangre reclama sus terrenos. Ese dolor vivo, no debe distar mucho la experiencia... ojalá pudiera recordar haber nacido.
A veces, uno se sienta con un pie sobre el otro, tapando la vena-no-sé-cómo-se-llama y duerme la extremidad... uno no la siente, ni tampoco responde... pero luego de un rato, el calor llega con un ligero hormigueo, retoma el color y uno empieza a sentir un dolor, es la vida inyectándose de vuelta al pie. O cuando uno se levanta de golpe y la lipotimia llega a un punto en que es imposible escuchar, ni ver... sólo se puede sentir la sombra de lo que se tiene al frente, para ver poco a poco cómo el mundo se arma frente a los ojos, con esa sensación de pesadez, que hace sentir cómo la cabeza se hace real, junto al mundo... Y no fue un momento de ver negro, sino de realmente no ver nada, ceguera y sordera casi absoluta. Si uno alcanza a verse al espejo mientras esto ocurre, puede ver su cara, pero no reconocerla como una cara... simpemente un borrón de colores que poco a poco logran formar una figura, de la cual sólo logro reconocer mis propios ojos, y veo cómo un rostro lívido se colorea de rosado con sangre perezosa que no logró subir en una primera instancia.
Me pregunto cómo debe haberse sentido comenzar la vida, o comenzar a ver las primeras imágenes, imagino ese dolor que se siente cuando la sangre reclama sus terrenos. Ese dolor vivo, no debe distar mucho la experiencia... ojalá pudiera recordar haber nacido.
domingo, 17 de octubre de 2010
Silencio
Acabo de gritar.
Usé fuerza, mas mi garganta no se dañó.
Luego, hubo silencio.
Y eso es lo que queda acá, por un buen tiempo. silencio.
Por un momento creí que terminar era más fácil. Quiero decir, sabía que era complicado, pero es mucho más complicado, en realidad.
Ahora, como soy un poco masoquista, escucho Alba Molina, la que empezó todo ésto, la que lanzó el hechizo.
Resulta que terminar tiene dos fases, una es la primera avanzada, dañas y rompes. Pones la idea al frente, pero se lleva a medias... Sin embargo, el lazo queda ahí. Y la parte realmente difícil: Es como cuando antes de pololear se esperaba a que el sentimiento floreciera y se asegurara en sí, se confirmaba. Ahora es una fatídica parodia de aquella canción. Pasa un tiempo en el que se deja que la mala hierba del adiós asiente sus raíces y opaque el paisaje. Luego, uno al sacar la maleza se da cuenta de que queda sólo un terreno, baldío.
Gritas. Usas fuerza, pero tu garganta no se rompe. Es la ilusión que acabas de romper que se expresa a través de tu cuerpo.
Luego, hay silencio.
Ahora...
Usé fuerza, mas mi garganta no se dañó.
Luego, hubo silencio.
Y eso es lo que queda acá, por un buen tiempo. silencio.
Por un momento creí que terminar era más fácil. Quiero decir, sabía que era complicado, pero es mucho más complicado, en realidad.
Ahora, como soy un poco masoquista, escucho Alba Molina, la que empezó todo ésto, la que lanzó el hechizo.
Resulta que terminar tiene dos fases, una es la primera avanzada, dañas y rompes. Pones la idea al frente, pero se lleva a medias... Sin embargo, el lazo queda ahí. Y la parte realmente difícil: Es como cuando antes de pololear se esperaba a que el sentimiento floreciera y se asegurara en sí, se confirmaba. Ahora es una fatídica parodia de aquella canción. Pasa un tiempo en el que se deja que la mala hierba del adiós asiente sus raíces y opaque el paisaje. Luego, uno al sacar la maleza se da cuenta de que queda sólo un terreno, baldío.
Gritas. Usas fuerza, pero tu garganta no se rompe. Es la ilusión que acabas de romper que se expresa a través de tu cuerpo.
Luego, hay silencio.
Ahora...
sábado, 2 de mayo de 2009
Si ves que sonrío
Si ves que sonrío
no es por un chiste
no es sarcasmo
no es algo que hiciste
si ves que sonrío
no me rio de tí
no me rio de una mueca
ni es coincidencia hueca
que sonria justo aquí
si ves que sonrío
que se afloja mi mirada
y me detengo de improviso
es porque dejé el piso
y en mi mente puede no haber nada
si ves que sonrío
estaré tal vez pensando en verso
mientras separo mis comisuras
hasta romper la estructura
de aquello en lo que estaba inmerso
qué pienso te preguntarás
si ves que sonrío
pensando tal vez en verso
cuando miro tu rostro terso
y ahí entro en un lío
porque tal vez te extrañes
si ves que sonrio
en este mundo frío
donde faltan razones,
donde faltan sazones
sabrás que no llegas a nada
cunado me preguntas por qué sonrio
como si estuviese en un lío
como si hubiese dejado el piso
como si fuese a responder con brío
la razón por la que rio
tu paciencia tiene límite
cunado no digo porque sonrío
tal vez porque quiera jugar
o porque esté bromeando contigo
o sea por simple azar
si ves que sonrío
no me estoy riendo
estoy viendo tu rostro
hasta que noto que me estoy perdiendo
y dejo de juguetear con tu paciencia
y de darme rodeos
cuando tu cara yo veo
porque no hay menos ciencia
en saber que sonrío
porque no necesito una licencia
para darme el lujo de sonreir
el secreto está en verte
y en once estrofas no decirte
que si ves que sonrío
me obligo a romper el último verso
para decirte que es porque estoy feliz.
no es por un chiste
no es sarcasmo
no es algo que hiciste
si ves que sonrío
no me rio de tí
no me rio de una mueca
ni es coincidencia hueca
que sonria justo aquí
si ves que sonrío
que se afloja mi mirada
y me detengo de improviso
es porque dejé el piso
y en mi mente puede no haber nada
si ves que sonrío
estaré tal vez pensando en verso
mientras separo mis comisuras
hasta romper la estructura
de aquello en lo que estaba inmerso
qué pienso te preguntarás
si ves que sonrío
pensando tal vez en verso
cuando miro tu rostro terso
y ahí entro en un lío
porque tal vez te extrañes
si ves que sonrio
en este mundo frío
donde faltan razones,
donde faltan sazones
sabrás que no llegas a nada
cunado me preguntas por qué sonrio
como si estuviese en un lío
como si hubiese dejado el piso
como si fuese a responder con brío
la razón por la que rio
tu paciencia tiene límite
cunado no digo porque sonrío
tal vez porque quiera jugar
o porque esté bromeando contigo
o sea por simple azar
si ves que sonrío
no me estoy riendo
estoy viendo tu rostro
hasta que noto que me estoy perdiendo
y dejo de juguetear con tu paciencia
y de darme rodeos
cuando tu cara yo veo
porque no hay menos ciencia
en saber que sonrío
porque no necesito una licencia
para darme el lujo de sonreir
el secreto está en verte
y en once estrofas no decirte
que si ves que sonrío
me obligo a romper el último verso
para decirte que es porque estoy feliz.
lunes, 23 de febrero de 2009
jondo
Rápido, pero no furioso... Una mezcla de experiencias, olores y sonidos...
Creo que si la segunda mitad de Febrero tuviese un soundtrack, José mercé y su veleta sería definitivamente el tema principal...
Acaso, tal vez, no lo sé, esté teniendo una tregua como Martín Santomé. Ojalá que no. Sentía que algo se había opacado, que habían cables que no hacían contacto. Una semana que prometía no traer ninguna variación del status quo estival, ese divagar por la vida en un inocente hedonismo minimalista (del cual me adjudico) me llevó a un balcón de un piso trece en el que, entre comentarios sobre acrofobias e ignoracia de las letras regetoneras llegué a un par de ojos que se salian de sus cuencas para mirar alrededor. Y aparentemente la gente que busca (no sé qué en realidad) me encuentra a mí.
La cosa fue dando signos de cambios a los que por un momento preferí considerar como algo normal, pero cuando una tarde sabatina pasó de ser un encuentro con una cara amiga fresca a un verdadero viaje, donde un viento extraño me hizo divagar del centro a la playa, de la playa a casablanca, de casablanca a reñaca, de reñaca a mi casa donde el sueño terminó con una jornada que consistió básicamente en mover mi piso violentamente, noté que aquí había una cierta excepción.
La mañana siguiente comenzó con la reminiscencia. De imágenes, canciones, colores, sueños y movimientos. Creí que esa mañana iba a comenzar con una sensación amarga de una movida inesperada, pero no. Fue un despertar eléctrico, vigoroso. Mi día lo pasé recordando imágenes sueltas que no conecté hasta que encontré la instancia para seleccionarlas una por una y en orden, momento que se dio ya bien entrada la tarde, con la ayuda que ofrece tener a alguien escuchando. Toda la incertidumbre me tenía algo inquieto, ansioso (aunque por ser justos a la verdad, siempre vivo con un poquito de ansiedad).
Esa vorágine dio paso a mis últimas dos semanas de vacaciones. Vacaciones que había ya considerado terminadas, vacaciones por las que no sentía pena despedir si la hora llegaba. Esas dos semanas que comenzaron con la sensación de estar siendo vigiliado por Cronos desde una esquina, que poco a poco se convirtieron en la redención de un verano maquinal, en dias en los que realmente me daba lo mismo ese famoso "fluir inexorable" del tiempo.
Creo que tengo más cosas que podría decir. Varias. Podría hablar sobre mi ignorancia completa del futuro. Y con futuro no hablo de meses ni años. Hablo de días, ni siquiera de semanas. Lo único que sé es que estoy a la deriva, disfrutando las corrientes que me llevan desde que sentí ese empujón súbito (agradable, pero súbito al fin y al cabo) que hizo que el tiempo corriera en Fast Forward condensando en dos semanas algo que parece haber consistido de un mes o más tiempo. Pero creo que me extendí más de lo necesario acá.
Ahora tengo que seguir viviendo(ahora que volví a vivir a "jondo").
Creo que si la segunda mitad de Febrero tuviese un soundtrack, José mercé y su veleta sería definitivamente el tema principal...
Acaso, tal vez, no lo sé, esté teniendo una tregua como Martín Santomé. Ojalá que no. Sentía que algo se había opacado, que habían cables que no hacían contacto. Una semana que prometía no traer ninguna variación del status quo estival, ese divagar por la vida en un inocente hedonismo minimalista (del cual me adjudico) me llevó a un balcón de un piso trece en el que, entre comentarios sobre acrofobias e ignoracia de las letras regetoneras llegué a un par de ojos que se salian de sus cuencas para mirar alrededor. Y aparentemente la gente que busca (no sé qué en realidad) me encuentra a mí.
La cosa fue dando signos de cambios a los que por un momento preferí considerar como algo normal, pero cuando una tarde sabatina pasó de ser un encuentro con una cara amiga fresca a un verdadero viaje, donde un viento extraño me hizo divagar del centro a la playa, de la playa a casablanca, de casablanca a reñaca, de reñaca a mi casa donde el sueño terminó con una jornada que consistió básicamente en mover mi piso violentamente, noté que aquí había una cierta excepción.
La mañana siguiente comenzó con la reminiscencia. De imágenes, canciones, colores, sueños y movimientos. Creí que esa mañana iba a comenzar con una sensación amarga de una movida inesperada, pero no. Fue un despertar eléctrico, vigoroso. Mi día lo pasé recordando imágenes sueltas que no conecté hasta que encontré la instancia para seleccionarlas una por una y en orden, momento que se dio ya bien entrada la tarde, con la ayuda que ofrece tener a alguien escuchando. Toda la incertidumbre me tenía algo inquieto, ansioso (aunque por ser justos a la verdad, siempre vivo con un poquito de ansiedad).
Esa vorágine dio paso a mis últimas dos semanas de vacaciones. Vacaciones que había ya considerado terminadas, vacaciones por las que no sentía pena despedir si la hora llegaba. Esas dos semanas que comenzaron con la sensación de estar siendo vigiliado por Cronos desde una esquina, que poco a poco se convirtieron en la redención de un verano maquinal, en dias en los que realmente me daba lo mismo ese famoso "fluir inexorable" del tiempo.
Creo que tengo más cosas que podría decir. Varias. Podría hablar sobre mi ignorancia completa del futuro. Y con futuro no hablo de meses ni años. Hablo de días, ni siquiera de semanas. Lo único que sé es que estoy a la deriva, disfrutando las corrientes que me llevan desde que sentí ese empujón súbito (agradable, pero súbito al fin y al cabo) que hizo que el tiempo corriera en Fast Forward condensando en dos semanas algo que parece haber consistido de un mes o más tiempo. Pero creo que me extendí más de lo necesario acá.
Ahora tengo que seguir viviendo(ahora que volví a vivir a "jondo").
martes, 10 de febrero de 2009
Just like Tolkien
Avenida españa. Sentado en un paradero miro la Luna llena en ese momento que la puedes ver un poquito más acompañada que cuando estaba allá alto en el cielo y noto un ligero tono verde en el cielo. Pasé un momento pregutntábndome si eran los contrastes o algo más... Puse mis manos para no ver los árboles teñidos de los faroles de la calle y aparentemente, sí... había un ligero tono verde.
Llevábamos unas cuantas horas ya encima de caminar por calles desiertas, interrumpidas de vez en cuando por algún automovilista nocturno... uno que otro bocinazo que recibimos por caminar entre medio de las dos vías. Las mismas micros brillaban por su ausencia.
Ya dando la curva de la que nunca supe el nombre pero que está entre medio del paradero para ir a la Adolfo Ibañez y la escuela Industrial (en España todos los paraderos para mí los reconozco por algún edificio-escuela que tenga cerca) como que comencé a notar ese cambio de color en el cielo. Ese negro azulado característico de una noche de Luna llena se teñía gradualmente con tonos añiles y ya llegando a todo el macizo de edificios que me tapaba el Este tenía un color azul más definido.
Íbamos llegando ya a Viña. El mar se azulaba con el cielo y daba un contraste fuete con los faroles. Las calles anaranjadas todavía seguían nítidamente iluminadas y los edificios allá arriba todavía permanecían negros en su opcacidad de cemento. Era como estar en tres momentos diferentes del día al mismo tiempo. pero no, ya los relojes comenzaban a marcar las siete y los autos comenzaban a ocupar las calles. La locomoción colectiva empezaba a hacer presencia (y ruido, bastante) dándote momentos para darte cuenta de que el lugar en el que estás es real, y no un punto perdido entre tres puntos del día, como llegué a imaginar.
Lo extraño es que me produjo una mezcla de sensaciones al estar ahí, ni en Viña ni en Valparaíso, ni de día ni de noche, como una especie de nostalgia. Como que estaba encantado por el amanecer, pero no quería realmente ver salir al Sol.
Llevábamos unas cuantas horas ya encima de caminar por calles desiertas, interrumpidas de vez en cuando por algún automovilista nocturno... uno que otro bocinazo que recibimos por caminar entre medio de las dos vías. Las mismas micros brillaban por su ausencia.
Ya dando la curva de la que nunca supe el nombre pero que está entre medio del paradero para ir a la Adolfo Ibañez y la escuela Industrial (en España todos los paraderos para mí los reconozco por algún edificio-escuela que tenga cerca) como que comencé a notar ese cambio de color en el cielo. Ese negro azulado característico de una noche de Luna llena se teñía gradualmente con tonos añiles y ya llegando a todo el macizo de edificios que me tapaba el Este tenía un color azul más definido.
Íbamos llegando ya a Viña. El mar se azulaba con el cielo y daba un contraste fuete con los faroles. Las calles anaranjadas todavía seguían nítidamente iluminadas y los edificios allá arriba todavía permanecían negros en su opcacidad de cemento. Era como estar en tres momentos diferentes del día al mismo tiempo. pero no, ya los relojes comenzaban a marcar las siete y los autos comenzaban a ocupar las calles. La locomoción colectiva empezaba a hacer presencia (y ruido, bastante) dándote momentos para darte cuenta de que el lugar en el que estás es real, y no un punto perdido entre tres puntos del día, como llegué a imaginar.
Lo extraño es que me produjo una mezcla de sensaciones al estar ahí, ni en Viña ni en Valparaíso, ni de día ni de noche, como una especie de nostalgia. Como que estaba encantado por el amanecer, pero no quería realmente ver salir al Sol.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)